Este es un blog para difundir los valores del barrio Enriquillo del km8 de la carretera Sanchez.
jueves, 2 de febrero de 2017
viernes, 20 de enero de 2017
A diez años de tu partida Miguel, te seguimos recordando.
Breve
reseña sobre la vida de Miguel A. Acevedo.
Miguel A. Acevedo, nació en Santo
Domingo República Dominicana, desde muy temprana edad se dedicó al trabajo
social, deportivo y cultural, fundador de los equipos Victorina y mejorar, que
luego pasaron a ser parte de La Liga Roberto Clemente, de la
cual fue miembro fundador. En el año del 1973 junto a otros jóvenes del km8
fundan El Club General
Gregorio Luperón institución de la cual fue un alto dirigente hasta el día de su muerte, en esa
institución dirigió por muchos años los equipos de béisbol y softbol,
organizaba todos los años en el mes de
mayo un maratón barrial, entrenador de los corredores de maratón y campo y
pista de nuestra comunidad, ganó para nuestro club y nuestro barrio más de
cincuenta campeonatos en los cuales participó como manager de béisbol y softbol
organizó el primer equipo de softbol femenino de la parte sur del Distrito
Nacional, fue dirigente del CIRCULO
DEPORTIVO ASMAR SANCHEZ, donde organizó más de veinte torneo e intercambio
deportivos internacionales, fue dirigente de LA ASOCIACION
DE BEISBOL DEL
DISTRITO NACIONAL, fundador del grupo lírico y cultura APOCALIPSIS grupo que se
dedicó a llevar un mensaje revolucionario por todo el país, miembro fundador
del JUNTA DE VECINO LOS CONQUISTADORES,
del km8., organizó intercambio deportivos con clubes y ligas de todo el país,
fue miembro de LA ASOCIACION DE CLUBES DEL DISTRITO NACIONAL, fundador
de LA ACADEMIA DE BEISBOL MIGUEL A. ACEVEDO este fue un programa en que jóvenes
deportistas con condiciones para jugar profesionalmente buscaban la oportunidad
para conseguir un contrato profesional, por las manos de MIGUEL pasaron peloteros de la talla de Eddy Garabito,(toletero de
los azucareros del este), Adrián Beltre, Trejo, Alberto Batista, firmado por
los MET DE NEW YORK y otros
peloteros que hoy son valiosos jugadores de grandes ligas y del béisbol
invernal Dominicano.
MIGUEL
A. ACEVEDO,
fue profesor voluntario por más de veinte años de la escuela de alfabetización
de adultos que funcionaba en el Club General Gregorio Luperón a través de las
escuelas radiofónicas Santa María, en los últimos días de su vida se
desempeñaba como encargado de deporte de LA
SECRETARIA DE
ESTADO DE INDUSTRIA Y COMERCIO, fue reconocido en múltiples ocasiones por
diversas organizaciones deportivas y sociales por su gran legado a la juventud
Dominicana, reconocido en varias ocasiones por La
Asociación de
Béisbol del Distrito Nacional, reconocido por La
Liga Deportiva
Demolición, reconocido por El Comité
de fiestas Patronales del Barrio Enriquillo y por el Comité Internacional de
Béisbol Menor (en el año 1995 villa Cura Venezuela).
Como pueden ver Miguel A.
Acevedo tuvo una intensa labor deportiva, social y cultural que lo llevó a
olvidarse de su propia vida para dedicarse a ayudar a los demás, ahora como un
homenaje a su vida tratamos de que su recuerdo permanezca por siempre entre
nosotros.
Miguel
A. Acevedo,
Por
José de la Cruz.
Ola de sal
El tiempo se ha roto con tu ausencia
dejando un rastro de eternidad en mi voz
a veces la sensación de tu partida
levanta en mis ojos una ola de sal
que destruye los cubículos
donde el olvido se esconde
y todas las noches
la luz
va dejando espejos de luna
en las paredes de la alborada
donde los niños
con los dedos tiznados de ternura
escriben tu nombre
Miguel
A Miguel Ángel Acevedo
EL
AROMA DE TU SOMBRA
Hoy
nos llega tu recuerdo
vestido
de diamantes y rocío
ya no hay estrellas en tus ojos
ni la luna brilla en tu voz
sólo nos queda tu ausencia
el aroma de tu sombra en cada
rincón de la casa
el pley donde se forjaron todas
tus ilusiones
los guantes
las pelotas
el bate
los niños que te veneran y te
nombran
el sonido de tus pasos que vienen
y van
por las calles que cargaron por
siempre
todos tus sueños
tu afán
tu cotidiano afán
tu lucha permanente
tu sed de justicia
toda tu ternura se resume
en el irrevocable amor por tu
madre
en esos tres lirios que
sembraste
en el huerto de la vida
y
al final
sólo nos queda tu recuerdo
la grandeza de tu obra
que aplasta la voz agorera de los
inicuos
que archivaron en su vientre la
maldad
hijos perversos de la mediocridad
que el día de tu muerte
jubilosos alzaron sus copas
y brindaron
ellos tienen nombres y apellidos
y el fétido olor de los traidores
a pesar de su ira
tu creces todos los días
en las tiernas sonrisas de los niños
tu humanidad se multiplica
entre los dedos alfareros del
viento
que nos trae tu nombre en su voz
Ay Miguel
como nos duele tu ausencia
como sangra este enero en la
piel
A Miguel Ángel Acevedo
miércoles, 23 de noviembre de 2016
He querido compartir estas fotos y estos poemas a propósito de mi cumpleaños este 24 de noviembre.
Mi origen
La tarde recrea ante mis ojos la nostalgia de mi origen perdido en África.
La tristeza de estos largos años de exilio en que hemos perdido nuestra identidad, hace florecer entre mis ojos lirios de agua.
La pena acumulada durante estos siglos de huir a ningún lado golpea mi memoria como un látigo de sal que abre viejas heridas que vuelven a sangrar bajo el sol púrpura de nuestro ocaso. Tantos años de olvido han dejando en mi boca el agrio sabor de la ausencia
África es en mi corazón una hoguera que se enciende entre mis ojos cuando miro hacia atrás, se que ya no volveré al acrisolado mundo de mis sueños; me he resignado a morir en esta tierra tan ajena y tan mía, pero mi vida sigue allá, en la aldea de donde una noche mi ADN sin querer, empezó a viajar en un cuerpo desconocido hacia una isla perdida en el mar Caribe.
Quinientos años después, la mirada triste de la abuela Mamá Tita, me despierta en medio del estruendo de los arcabuces y los gritos de los hombres que defendían a los suyos, hasta terminar atados a la codicia de unos hombres que contra el reflejo de la aldea incendiada los conducían por un sendero de horror hasta una embarcación anclada en un océano de cadáveres, emprendiendo un viaje sin retorno hacia el dolor.
Yo apenas era menos que un sentimiento perdido en la memoria de alguien que aún no había nacido, pero ya llevaba sobre mis hombros el peso de una historia de látigo y sudor, donde la vida nunca dejó de ser un canto que en las noches, se multiplicaba en la voz alegre de las tamboras.
La insignificante grandeza.
Escribo mucho de mí
de mis ancestros
de la tierra donde nací
quiero dejar testimonio de la insignificante grandeza de nuestras vidas.
decir que sobre la primavera que con sus manos fecundas hicieron florecer en nuestra memoria los abuelos
construyeron una gran ciudad
que de esa tierra que en mi corazón es un canto
no queda nada
sólo recuerdos
recuerdos edificados sobre las cenizas de nuestra nostalgia
recuerdos tan enraizados en mis palabras
que en mi voz anidan los pájaros fabulosos de mis sueños
que más allá de la polvorienta geografía de mi cuerpo iluminan los cubículos del olvido
en donde la civilización enterró toda nuestra alegría
ya que en nuestra forma simple de ver la vida no advertimos que el mundo de más allá de la alborada
ambicionaba nuestras tierras
que la modernidad avanzaba inexorable hacia nosotros
triturando entre sus fauces todo lo que encontraba a su paso
que por el camino real a menos de una hora de distancia a pie
la ciudad resplandecía en todo su esplendor
sus avenidas románticas con sus ventanales que todas las tardes daban al mar
las luces que herían el corazón de las sombras con sus cuchillos color del oro viejo
sus pomposos edificios preñados de sueños
sus mujeres de algodón que vestían sus corazones con las luces primeras del alba
para no morir de pena atrapadas por la soledad
sus escuálidos hombres vestidos con los colores más estridendentes del arco iris
sus ruidosos automóviles ebrios de distancia
y sobre todo sus noches bulliciosas
con sus casinos
donde el azar y la ambición atrapaban a los hombres en sus tentáculos imposibles
sus cines de melancolía de la Duarte y la Mella
donde la quimera llevaba a los espectadores en un viaje sin retorno por los túneles infinitos de la fantasía
el mar Caribe con sus barcos fantasmas esfumándose en el horizonte
las vidrieras de las tiendas que atrapaban nuestros sueños en el bucólico encanto de querer tener y no poder
y mirábamos hacia dentro de nosotros mismos
y terminábamos parados frente al espejo de la vida harapientos y descalzos
en un mundo ajeno y extraño
como extraño éramos nosotros en ese mundo
y de nuevo volvíamos a nuestras tierras
en donde la vida transcurría sin más prisa que ir a los conucos
andar por los montes maroteando alguna fruta de lástima
arrear vacas hacia las distantes regiones del rocío
cazar pajaritos endebles para mitigar el hambre de toda la vida
y en las noches alrededor de la hoguera los abuelos en una danza nos hablaban de sus hazañas remotas
de su largo viaje sin retorno hasta llegar aquí
de la crueldad del látigo en sus espaldas
de cuando lucharon contra el hombre blanco por su libertad
de sus anhelos por volver al África
y de sus raíces enterradas en estas tierras que abonaron con sudor y sangre
tierra
en que a pesar de todo
siempre serán extraños
al final de la jornada sin más luces que la de la luna y las estrellas
nos alejábamos por los caminos que los grillos iluminaban con su canto
gritando a viva voz la alegría de compartir en una danza la vida
al llegar al hogar con la piel pegajosa de oscuridad
dar un beso a mis padres
pedir su bendición
salir al patio
y bajo las estrellas
darme un baño de inmensidad y rocío
y luego acostarme en mi hamaca
hasta que el sol de un nuevo siglo nos traiga la esperanza
que perdimos en el duro batallar contra la modernidad
Nací un día de otoño.
Nací un día de otoño,
cuando los soles eclipsados de noviembre
emergían despacio en las aguas cenagosas
del amanecer.
Naci frente al mar.
Nací frente al mar
en una ciudad ilusoria
atestada de fantasmas
que corren y danzan alegres
por calles anegadas
de algas, peces y corales
que florecen todo el año
Iluminando los rincones
de las casas invisibles
donde habitan las sirenas
que atraen con su canto
a viejos marineros
con sueños de piratas
que navegan perdidos
por lugares remotos
donde el olor estancado
de lunas florecidas
deja un rastro lumínico
de pétalos dormidos
sobre los mares
del tiempo perdido
donde peces gigantescos
y monstruos marinos
devoran los barcos
con la tripulación adentro
esa ruta de naufragio
lleva a lejanos puertos
de babilónicas ciudades
donde hermosas sirenas
disfrazadas de doncellas
reciben a los viajeros
con guirnaldas de estrellas
música de ángeles
banquetes faraónicos
y amplios salones
decorados sin prisa
donde marineros decrépitos
y hermosas sirenas
disfrazadas de doncellas
bailan sin descanso
música triste de otros tiempos
Racimo de luz
esa es mi voz
eco lejano de tamboras ahogándose
en la mirada ausente de la eternidad
madreselva que se enreda en la brisa
árbol nocturno de sonidos
barco de humo derritiéndose en la alborada
luna de papel hundiéndose en el mar
densa atmósfera de clorofila
caballo de azúcar cabalgando
sobre la arena luminosa del verano
estampa de sangre en las paredes del futuro
mi voz
eco de lágrimas salpicando las ciudades
heridas por la guerra
aroma desolado
campanas de agua
racimo de luz en el pozo de la muerte
grito de guerra
canto de amor
esa es mi voz
Espejo de dolor.
Me voy
siempre he sido un fugitivo
huyo de mí mismo
huyo del hambre y la miseria de los niños
que cuelgan de mis palabras tiznados de llanto
huyo de la palabra angustia
huyo de los fantasmas que prisioneros
detrás del espejo se burlan de mí
huyo de la muerte
humanamente disfrazada de mujer
prostituta que en las esquinas
me invita a su morada
me incita al amor
al sexo
huyo de los ojos llorosos de la noche
que detrás del cristal de una estrella
es rocío al amanecer
huyo de la pena
de sus tentáculos imposibles que me atan al dolor
huyo de la brisa fúnebre que viene de los cementerios
huyo del humo que es memoria absurda de la nada
huyo
me escondo detrás de los vitrales
de las tardes invernales de enero
y al mirarme en los ojos del dolor
descubro que nunca fui a ninguna parte
que la muerte siempre me retuvo a su lado
Alborada de mariposas azules.
No fui más que un niño que siempre anduvo perdido en sí mismo
en los conucos lejanos del abuelo Ismael
aprendí de la vida todo lo que sé hoy
fueron los potreros del tío Juan mi escuela
y en las lejanas regiones del rocío era donde podía mirarme al espejo
y encontrarme tal cual era
un niño hecho de ceniza y barro
con la mirada torva perdida en el infinito
que escribía todas las tardes en los pergaminos del viento
su historia envejecida en su dolor vegetal
fue toda mi alegría poder correr por el bosque
hasta cansarme y terminar de bruces
entre los arbustos mágicos de las tardes
hablar con los animales y los árboles
pasear en el viento más allá del horizonte
y regresar en las nubes al lugar de donde nunca partí
y encontrarme como siempre arrullado entre los brazos de mis padres
que me cubrían de la lluvia que con su corazón de azucena
iba dejando pedazos de cielo dormidos en mi piel.
todas las tardes mi madre y yo nos sentábamos bajo la sombra del gran árbol azul
a mirar como los pájaros ebrios de clorofila
se escondían detrás de las murallas del horizonte
mientras una peregrinación de mariposas
ancladas en los ventanales del ocaso agonizaban en la mirada quimérica de un ángel.
hoy no hay más alegría que este canto bajo esta luna de jade
por el camino del alba las huellas del rocío se evaporan entre los pies descalzos de un sol precoz
que siempre en noviembre pasa de largo a esconderse entre los matorrales atardecidos de la distancia
alborada de mariposas azules
heridas por los puñales del otoño
todas la mañanas en el fogón doña Lola hierve jengibre que ofrece al paladar
para ahuyentar a los duendes del frío
y en algún lugar perdido en la memoria
Cató todavía fabrica con sus manos de ternura
los colores del amanecer
y en un rincón de mi alma
la abuela Mamá Tita recolecta los residuos perdidos de nuestro pasado
muchas veces ella y yo imaginábamos escuchar en la voz destemplada del viento
el lejano sonido de nostálgicas tamboras
grito de guerra
canto de amor
danza que en las noches aun nos libera del peso de una historia amarga
que escribieron con su sangre nuestros abuelos
para que mi voz
quinientos años después pudiera abrir las puertas que el tiempo creyó haber cerrado para siempre
nací en esta tierra que tiene el color del olor del topacio
donde los colores vegetales de la primavera se levantan como una ola
que inunda todos los rincones del bosque de mariposas
que al morir van dejando un rastro efímero de luz
en la mirada azul de la distancia
arco iris coagulado en una lágrima
por el camino real
el tío Alberto regresa
parece flotar sobre la tenue oscuridad del atardecer
la tía Agustina en la ventana lo ve llegar
espera como siempre que él lleve las vacas a los corrales
se dé un baño
vaya a la ventana
le dé un beso
y luego se sienten todos en la mesa a cenar.
todavía en las noches
mi padre como un fantasma
se pierde entre las sombras hacia las carboneras
a vigilar los hornos
para que el fuego no consuma los sueños
y así poder derrotar el hambre que acecha entre los resquicios de las horas más largas del verano.
primavera insular
caserío perdido junto al bosque del olvido
flamboyán amarillo
anacahuita de cristal
bajo los limoncillos florecidos la tía Tatín con su escoba
arrincona contra los espejos de la tarde
las cenizas que deja el otoño en la mirada de la tía Aurora
que aún busca en su interior el camino de regreso al paraíso que nos robó la modernidad
ignora ella
que morirá arrinconada contra sus sueños
sin volver a ver el sol desde los ventanales primaverales del alba
Domingo Acevedo.
829 568 3544
Domingoacv2@gmail.com
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